Razón de vivir
 Para descubrir que la vida va sin pedirnos nada
Y considerar que todo es hermoso y no cuesta nada”
Víctor Heredia

 Estos tiempos son propicios para que mi memoria se encienda  con cualquier chispazo, como en este momento en que reviso los wassap del grupo de viejas y viejos compañeros, en el que Horacio  recuerda que se cumplen treinta y cinco años del inicio del juicio a las juntas. 
Saco cuentas, 1985.Me ubico en el tiempo, mi cabeza se puebla de recuerdos. En ese año todavía vivíamos en el departamento de calle Laprida. Por esos días  comenzaron a transmitir el Juicio a las juntas por televisión, y lo mirábamos en nuestro aparato alemán, uno de los pocos objetos  de valor que trajimos  de nuestra modesta vida de  exilio.  Pedro, mi compañero de vida  había comprado  un teclado que se conectaba al televisor.Lo llamaron PC y  fue la maravilla de los chicos, los sobrinos  comenzaron a venir a nuestra casa, un departamentito en realidad. El televisor pronto sucumbió a tanta manipulación. Al atardecer de uno de esos   ajetreados días, comencé a sentirme muy decaída, con un fuerte dolor de garganta y de oídos. Requerí la presencia de Norita, mi vecina de departamento, una joven médica muy gaucha. ¡Parotiditis! Exclamo apenas examinó mi cuello.  “Reposo absoluto”, continuó enérgica, de lo contrario te puede afectar las glándulas mamarias, o el páncreas, que también  es una glándula·Sólo aspirinas para el dolor, indicó terminante antes de retirarse.Mi hijo más pequeño,  que las había transitado retozando como un cabrito me había contagiado.
Guardé  cama durante más de una semana bajo la férrea vigilancia de mi vecina médica. Sin televisor, sólo me quedaba leer. Pedro me trajo uno o dos números  del Diario  del juicio a las juntas, que comenzaban a publicarse. Teníamos conocimiento de muchos casos y  leyendo con avidez   fui enterándome en detalle de   hechos aberrantes, pero hubo uno que  me impactó de tal manera  que hasta la actualidad  tengo tan presente su relato  como cuando lo leí. Es el testimonio de Adriana, una mujer embarazada que llevaban de La Plata a Buenos Aires y comenzó y con trabajo de parto. “Les decía que estaba por nacer mi criatura…” “  que no podía aguantar más; que pararan”.  Adriana no era primeriza.  “…yo sabía que estaba por nacer…  el auto iba a toda velocidad, y yo les grité ya nace, no aguanto más…”Así parió  a su hijita. “…era muy chiquita, quedó colgando del cordón, se cayó del asiento, estaba en el piso, yo les pedía por favor que me la alcancen, que me la dejen tener conmigo, no me la alcanzaban…”La mujer que iba con ella les pidió un trapo a los tipos, y el que iba a delante le dio un pedazo de trapo sucio con el que le ataron el cordón, contaba. “… seguimos camino, mi beba lloraba, yo seguía con las manos atrás, seguía con los ojos tapados, no me la querían dar…” 
 
 Me recuperé rápido de las paperas, físicamente,  pero algo había sucedido en mí durante esos días. La presurosa determinación de irnos después que fueran a buscar a Pedro al departamento del que nos habíamos mudado hacía poco tiempo antes, por lo que no nos encontraron. La adaptación a un medio adverso,  las mudanzas  de una ciudad a otra. Nunca pudimos tener estabilidad económica. Llegamos a establecer vínculos afectivos y solidarios con otros matrimonios que como nosotros  no hacían pública la condición de exiliados. No estaba convencida de la idea de regresar cuando Pedro la planteó,  a pesar que estaríamos otra vez con los nuestros,  no lo creía seguro, pero allá tampoco lo estábamos. Sentí que ya no era ni de acá ni de allá…
Regresamos al país tres meses antes de la guerra de Malvinas.Muchas costumbres habían cambiado, y muchas personas también. Comencé a dar clases de inmediato,  acompañé  la adaptación de nuestros hijos. Los compañeros se  burlaban del  modo de hablar del mayor,  su maestra insistía con  que hablaba mal, que debía llevarlo a la fonoaudióloga. En realidad tenía el acento y los modismos del país en el que habíamos pasado más de cinco años, pero yo no quería hablar de eso. Al pequeño  su ingreso al nivel preprimario le costó bastante. 
 
Las huellas de la  sangrienta dictadura afloraron en mí durante esa semana como no lo habían hecho antes. Comencé a tener miedos. Dejé de andar en bicicleta por temor  a que me atropellara un vehículo.Sentía miedo de morirme, me preguntaba qué sería de mis hijos, eso me producía estados depresivos, lo más doloroso fue que algunos familiares llegaron a burlarse de mí sin comprender la magnitud de lo que me sucedía. Mi compañero quería ayudarme, pero no tenía herramientas.Dejé de  disfrutar las  reuniones sociales, espectáculos, sentía el impulso de regresar a casa con cualquier excusa.Tenía insomnio, ponía el volumen muy bajo y escuchaba  radio por la noche. Fue en  una de esas interminables, que escuché “Razón de vivir”, de Víctor Heredia, Mercedes  Sosa, con su  maravillosa voz desgranaba las estrofas que  hablaban de  esas razones de vivir, de estar viva en medio de  tantos muertos.
Aquellos  versos comenzaron a dar vueltas en mi mente, yo también tenía muchas razones de vivir. No fue fácil, me llevó un par de años, pero finalmente con ayuda terapéutica pude superar esa etapa tan dolorosa. Mucho después pude hablarlo con quienes habían padecido situaciones parecidas. “Ataques de pánico”, dijeron unos,  no estoy convencida de que haya sido eso. ”Uno se enferma cuando puede, no cuando quiere” me dijo alguien, “el desexilio, a Amalia le sucedió lo mismo” me dijo Gonzalo, un viejo compañero.

Transito  sola la cuarentena, aunque mis familiares viven cerca físicamente.Aprendí a vivir con “esa soledad que llevamos todos, islas perdidas”. No soy una solitaria, siempre se está sola, solo, es cuestión de descubrirlo a tiempo.









Adriana Calvo de Laborde, 1947. Física, investigadora, docente.Su hija sobrevivió. Después de su cautiverio, cuando recuperamos la democracia Adriana se doctoró y continuó ejerciendo.Falleció en 2010.



Imágenes: Google

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A partir de la entrada en cuarentena, comencé a escribir sobre la inmediatez, mis sensaciones, alegrías, tristezas, recuerdos. Sentí deseos de compartirlo, aunque dudaba, somos millones los que transitamos esta etapa me dije. Pero todos lo hacemos desde nuestra subjetividad, nuestra edad y nuestros comportamientos. Esta es mi “cuarentena”, palabra tan remanida y vapuleada bajo la cual aparecerán estos textos en mi blog “Berturquesa segunda época”, Quizá en algún momento contribuyan a algún estudio de quien sabe que rama de la ciencia, de esas que se ocupan de esto que somos, sólo partículas que dejan los cometas que viajan alrededor del Sistema Solar originando una lluvia de estrellas.